La iglesia de San Esteban es el resultado de una larga historia constructiva en la que conviven dos grandes momentos artísticos. Por un lado, conserva las trazas originales del románico; por otro, una profunda reforma barroca que transformó su fisonomía con el paso de los siglos. Esta superposición de estilos convierte al edificio en un valioso testimonio de la evolución histórica y artística de la localidad.
En su interior destacan varios capiteles decorados, así como distintas lápidas funerarias. Entre ellas sobresale la de Pedro Celada, uno de los arquitectos del puente que da nombre a la villa, cuyo recuerdo permanece ligado para siempre a este espacio.
De su fase románica se conservan tres pilastras con capiteles fechados entre los siglos X y XI, así como el pórtico, perteneciente al mismo estilo y cronología. El resto del edificio responde ya a una arquitectura gótica, reflejo de las transformaciones posteriores que fue experimentando el templo.
En la nave del Evangelio se conserva una pila bautismal de gallones, realizada a finales del siglo XVI, y en el presbiterio, un Crucifijo renacentista de la segunda mitad del siglo XVI, una de las piezas más antiguas del mobiliario litúrgico.
El templo conserva dos retablos neoclásicos: el retablo mayor, fechado a comienzos del siglo XIX, y otro situado en la nave de la Epístola, presidido por una escultura de la Virgen del mismo siglo. Ambas obras dialogan con piezas de cronologías anteriores, reflejando la superposición de estilos y el carácter histórico y acumulativo del edificio.