A las afueras del casco urbano de Baltanás, en las laderas del cerro conocido como El Castillo, se extiende un auténtico laberinto excavado en la tierra: trescientas setenta y cuatro bodegas horadan el terreno a distintas alturas, formando un paisaje único que habla de vino, trabajo y tradición. Existe otro cotarro, denominado Las Erillas, con sesenta y nueve bodegas.
Estas bodegas comenzaron a excavarse a partir de 1543, aprovechando un suelo arcilloso ideal para crear espacios estables. Bajo tierra, la temperatura y la humedad se mantienen constantes durante todo el año, condiciones perfectas para elaborar y conservar el vino. Por eso, cada escalera que desciende al interior conduce a galerías abovedadas donde antiguamente reposaban cubas, lagares y utensilios de vendimia.
En el exterior, las pequeñas chimeneas, respiraderos y cargaderos asoman sobre el cerro, dando al conjunto un aspecto casi lunar. Estos conductos permiten ventilar las bodegas y evacuar los gases de la fermentación, un ingenioso sistema fruto de siglos de experiencia.
Durante generaciones, las bodegas fueron mucho más que espacios de trabajo: también fueron lugares de encuentro, celebración y transmisión de saberes. Hoy, este barrio excavado es un valioso patrimonio cultural, protegido como Bien de Interés Cultural desde 2016, y un símbolo de la profunda relación entre Baltanás, su paisaje y la cultura del vino.