La iglesia de San Miguel, situada en un pequeño altozano, ha experimentado diversas transformaciones a lo largo del tiempo. Conserva aún la cabecera románica del siglo XIII, mientras que el resto de la construcción responde a las reformas emprendidas entre los siglos XVII y XVIII, que configuraron el templo tal como hoy lo conocemos.
El edificio se organiza en torno a una nave rectangular prolongada, a la que más tarde se añadió una nave corta en el lado sur, un ejemplo de cómo estos templos se adaptaban progresivamente a las necesidades de sus comunidades. Los muros combinan sillería y sillarejo, una solución habitual en las parroquias del Cerrato que equilibraba solidez estructural y economía de medios.
En el interior, el espacio se articula en tres naves separadas por pilares con arcos apuntados, un diseño que refleja la transición del románico al gótico tardío. La capilla mayor, cubierta con bóveda de cañón apuntado, adquiere una especial solemnidad gracias a los capiteles de inspiración cisterciense.
En la nave del Evangelio se conserva una escultura de santa Ana del siglo XVII, mientras que varios retablos barrocos —fechados entre los siglos XVII y XVIII— enriquecen las naves laterales con imágenes de santo Domingo, san José, san Francisco y santa Bárbara.
El espacio central lo ocupa el retablo mayor, realizado a finales del siglo XVII. En él se representan san Miguel, titular del templo, junto a san Pedro, san Pablo y un relieve de la Imposición de la casulla a san Ildefonso.